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Los racismos en América Latina y en Estados Unidos

Martín Sagrera, sociólogo

Domingo 4 de octubre de 2009, por Ciudadano del Mundo (actualizado el 30 de septiembre de 2009)   


Sería difícil encontrar una idea más racista que el sostener que hay razas que son racistas (alemanes, sudafricanos, estadounidenses) y otras que no lo son (espñoles portugueses, latinoamericanos). La realidad es que los grupos humanos manifiestan conductas semejantes en circunstancias análogas, conforme a un principio básico de toda sociología científica.

Así, por ejemplo, los pioneros yanquies encontraron en América sólo tribus indias cazadoras, que por su nomadismo no podían ser reducidas a la servidumbre, y cuyo medio de vida, los animales, dañaba sus cosechas, lo que les llevó a la guerra de exterminio. Lo mismo hicieron los españoles cuando dieron con tribus nómadas en el Cono Sur americano. pero en general se encontraron con pueblos agrícolas, sedentarios, y su interés entonces fue el subyugarlos, encomendarlos a vivir a costa de su trabajo. No se trataba ya de eliminar a su competidor, sion de conservar, más aún, multiplicar el número de trabajadores. De ahí el interés por preñar indias, y después negras, que así eran más cotizadas. Al provecho en este aumento cuantitativo se añadió la creación cualitativa de grupos raciales de mestizos y mulatos, que servían para que un minúsculo grupo blanco ibérico pudiera por su intermedio dominar a la gran masa de población de color.

A este interés mercantil y político por la mezlca racial se unía otro directemente sexual y racista, al no considerar a los de color como personas, sino como animales, había una tentación constante de satisfacer sus bajos instintos con seres tan irresponsables y sexuales como se consideraba a la gente de color. en este contexto, pues la mezcla racial, lejos de ser una prueba de ausencia de racismo, lo fui de sus existencia, no hubo matrimonio (entre iguales) de las razas, sino violación, y explotación de una por otra.

Por su parte los norteamericanos, cuando descendieron en el continente a climas subtropicales, en los que no se daba el tipo de agricultura a que estaan acostumbrados, importaron, como los españoles, negros agricultores que trabajaban para ellos. Como los españoles, los sureños no dudaron entonces en mezclarse con los negros, de los que más del 70% son por eso, hoy, mestizos. Pero como el conjunto de blancos de Estados Unidos nunca fue inferior al 80% su interés estuvo en no reconocer las capas intermedias, considerando de color a todo el que tuviera una sola gota de sangre no blanca.

Con el desarrollo de la industria yanqui y la crisis de la agricultura sureña, y su manifestación en la guerra civil de 1860, el modelo racial estadounidense fue liquidando el sistema suerño de proximidad sexual y distancia económica y adaptándose al yanqui de alejamiento sexual y acercamiento económico.

En Sudamérica, el modelo yanqui primitivo, de eliminación de los indios nómadas, fue utilizado sobre todo en Buenos Aires, que importó también trabajadores europeos blancos. Pero cuando las "reservas mestizas" del interior, empobrecidas. empezaron a emigrar a Buenos Aires, ésta no pudo absorverlas económicamente y las discriminó racialmente, como animales, a los así llamados "cabecitas negras", que se agruparon después, en el peronismo, enfrentánsose cada vez más clara y sin cuartel lucha racial de "barbarie contra civilización".

En el resto del subcontinente, la única querra civil versó también en torno al racismo, pero fue entre blancos y de color, como en Argentina, o entre partidarios o adversarios de la esclavitud, como en Estados Unidos, sino que consistió en una guerra civil entre blancos criollos y europeos para determinar quién se quedaría con la encomienda de los hombres de color. Contra todo intento actual de mistificarla, democratizándola, la independencia lo fue sólo para los criollos (blancos), que explícitamente ligitimaron una y mil veces su derecho a ella, diciendo que ya sabían manejar como los españoles a las masas de color, y que la independencia no sería nunca una "merienda de negros", una revolución de color, como la de Haití. Y donde y cuando la independencia parecía poder lelvar a esta revolución democrátizante del color, renunciaron a ella, incluso después de conseguirla.

No hubo pues un cambio de sistema, sino sólo de élites dominantes; se pasó de una colonización más externa a otra más interna, quedando aún más discriminados y hundidos los grupos de color, al no tener ya los criollos el contrapeso de la Corona de España, que por propio interés se apoyaba contra ellos en los grupos de color, que lucharon, pues, contra esa independencia,... criolla, blanca.

Ese predominio de las élites de origen europeo es lo que explica que se haya impuesto políticamente el nombre de América Latina, es decir, de América de los blancos, y no el de Indoamérica o Mestizoamérica, o bien alguna denominación no racista, como el de Sudamérica, frente a Norteamérica. Gracias al sistema de castas y subcastas creado por los españoles, al divide et impera, los criollos han podido seguir con el sistema de acercamiento sexual y distanciamiento económico. Los dividendos de esta política son inmejorables para ellos; entre las pequeñas élites blancas en la cumre y las masas de color hay una diferencia en América "Latina" muy superior a la existente entre blancos y negros en Estados Unidos.

"Aquí todos somos hermanos, yo soy como un padre para mis peones, no se dan eas luchas de clases, esas huelgas de Estados Unidos". _ estas manifestaciones feudales de ciertos patronos latinoamericanos, desmitificadas en su aspecto económico, son todavía muy aceptadas en el racial. Se utiliza como como compensación ideal de la enorme desigualdad material la negativa (verbal y teórica) a la existencia de discriminación racial por parte de los blancoas, ávidamente aceptada como opio consolador por los de color, quienes, con todo, cuando pueden "vota con los pies" enmigrando cuanto más oscura es su piel a país tan reconocidamente racista como es Estados Unidos, donde se siente mejor tratados.

Solo cuando los grupos de color con un ascenso ideal a ser "latinoamericano", a ser parcialmente asimilados, emlanquecidos, por los grupos dominantes, podrá América del Sur liberarse de su estructura de castas, racista, deudal y crear sociedades unidas y democráticas dentro de cada Estado actual, y superar la división, debilidante entre la Sudamérica europea y la mestiza y la negra, lo que impide la indispensable unión subcontinental de sus habitantes.


Martín Sagrera, sociólogo, autor de "Los Racismos en América Latina", editado por Astrea en Buenos Aires y reeditado por IEPALA en Madrid.

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