PROYECTO VILLAMUNDO Para la inclusión social de inmigrantes en la Vera Alta

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La feminización de los flujos migratorios hacia España en el contexto de la internacionlalización de la reproducción social

Carlota Solé y Sonia Parella, sociólogas.

Lunes 10 de agosto de 2009, por Ciudadano del Mundo (actualizado el 10 de agosto de 2009)   


LA FEMINIZACIÓN DE LOS FLUJOS MIGRATORIOS HACIA ESPAÑA EN EL CONTEXTO DE INTERNACIONALIZACIÓN DE LA REPRODUCCIÓN SOCIAL

La triple discriminación de las trabajadoras inmigrantes, por razón de su clase social, género y étnica, las relega a un nicho laboral muy concreto (servicio doméstico y prostitución) lo que se traduce en una participación laboral máximamente precaria y marginal. En todas las sociedades postindustriales se aprecia un notable aumento de la demanda de trabajos remunerados dedicados a las tareas de reproducción social. Si bien algunos países han desarrollado programas muy regulados desde el gobierno, que han institucionalizado el reclutamiento de empleadas domésticas migrantes, otros, como es el caso del sur de Europa o de los Estados Unidos, siguen pautas menos formalizadas a la hora de contratar y reclutar. En ambos casos los efectos son parecidos: la incorporación de las mujeres inmigrantes como empleadas domésticas, procedentes de los países más pobres, que ha menudo deben de separarse de sus familias y emigrar en solitario para poder “cumplir” con sus funciones en los países que las reclaman.

El espectacular e imparable aumento de la demanda de mujeres inmigrantes para llevar a cabo el trabajo reproductivo en las sociedades occidentales muestra otra de las caras de la división internacional del trabajo y deja constancia indeleble de un transvase de desigualdades de clase y etnia entre mujeres. La feminización actual de los flujos migratorios se debe, fundamentalmente, a una transferencia de cargas reproductivas desde las mujeres autóctonas con cualificación, que se incorporan masivamente al mercado de trabajo y no pueden seguir realizando y gestionando en exclusiva el volumen total de trabajo doméstico y familiar, hacia las mujeres de origen inmigrante. Aunque las políticas migratorias son cada vez más restrictivas y se ha obstaculizado la entrada de migración legal hacia los países europeos, la llegada de mujeres inmigrantes para trabajar en el servicio doméstico crece de manera exponencial en las sociedades occidentales, a consecuencia del empobrecimiento de la población, del cambio en las estructuras familiares, de la transformación del rol social y económico de la mujer, así como de la emergencia de nuevos estilos de vida en los que el tiempo para el ocio y el tiempo para uno mismo ocupa un lugar sin precedentes.

Hoy por hoy, contar con personal doméstico remunerado ha dejado de ser un práctica vinculada al lujo y exclusiva de los grupos con mayor poder adquisitivo, extendiéndose también a los segmentos de población de clase media. Debe tenerse en cuenta que una parte considerable de sus demandantes, personas ancianas que viven solas y que perciben una pensión, carecen de recursos suficientes para costearse la oferta de recursos privados (un residencia geriátrica, por ejemplo). La insolvencia de la demanda, en ausencia de una provisión pública de servicios y recursos para atender situaciones de dependencia durante la vejez, convierten el recurso de la economía informal y a una trabajadora inmigrante, dispuesta a trabajar a cambio de un salario inferior, en la opción menos cara, y, en muchos casos, la única estrategia factible.

La mujer inmigrante es percibida como la fuerza de trabajo idónea para realizar el trabajo doméstico, puesto que se trata de una actividad socialmente poco valorada, etiquetada como sucia y escasamente cualificada, asumida como algo inherente a la condición femenina y a menudo realizada desde la economía informal. Por consiguiente, en la era de la globalización, la migración internacional femenina nos revela una emergente “internalización del trabajo reproductivo”; resultado de una creciente demanda de fuerza de trabajo femenina de otros países para ocuparse de una serie de tareas que hasta ahora llevaban a cabo mujeres autóctonas en el seno del hogar, de forma invisible, y sin percibir remuneración a cambio. Todo ello se traduce en una “racialización” del trabajo doméstico remunerado, en tanto que son mujeres de otros países, sin el estatus de ciudadanas, las que cogen el relevo de aquellas tareas que las mujeres autóctonas delegan, aunque sin dejar de supervisar.

Mientras no se encuentre una alternativa real a la organización patriarcal de la reproducción social y en ausencia de una oferta de servicios a la vida diaria dirigidos al conjunto de la ciudadanía para el caso de España, debemos preguntarnos, ¿quién se ocupa de las tareas que tienen que ver con la reproducción social (cuidado de ancianos, niños…) mientras las muejres cuentan con una vida profesional propia, trabajan ocho horas diarias o más fuera del hogar y carecen de tiempo?; ¿Cuántas “otras” mujeres deben trabajar bajo las condiciones más precarias para poder sostener nuestro sistema social y económico y char frente a la denominada “crisis del cuidado”?

En es este escenario que debemos situar la presencia de la migración femenina en España. Un elemento identificador de los nuevos modelos migratorios europeos es el aumento de la emigración autónoma femenina, de modo que muchas de estas mujeres que llegan a Europa y a España siguen siendo ellas las pioneras del proceso migratorio, atraídas por la demanda que existe para trabajar como empleadas domésticas o, en menor medida, en los servicios sexuales. En algunos colectivos de inmigrantes, sobre todos entre los procedentes de los países latinoamericanos, los patrones migratorios son mayoritariamente femeninos son ellas las impulsoras de las cadenas migratorias.

Pero la “internacionalización de la reproducción social” no es el único factor que ayuda a entender la feminización de los flujos. Debemos recurrir también a otro factor explicativo: la normalización del fenómeno de la inmigración en España. Al igual que ha ocurrido en todas las sociedades que han sido receptoras de flujos migratorios a lo largo de su historia, a medida que los nuevos residentes se van asentando de forma más o menos permanente, la llegada de mujeres a través de los procesos de reagrupación familiar se incrementa. Este ha sido el caso principalmente de una parte importante de las migraciones femeninas procedentes de África o de países asiáticos como Pakistán.

Ciertamente todo lo análisis sobre migraciones debe contextualizarse en los procesos transnacionales y globales. La “feminización” de los flujos migratorios es el resultado de cambios en las relaciones de producción y reproducción a nivel mundial, tanto en al sociedades de origen como en las de destino. Las estructuras patriarcales que operan en las sociedades de origen, en interacción con los procesos sociales, económicos y políticos que, desde una óptica global, impactan en los países más pobres y contribuyen a aumentar la brecha que les separa de los más ricos, constituyen aspectos clave a la hora de determinar la movilidad de las mujeres y sus proyectos migratorios. Así mismo, (…) no debe perderse la necesaria perspectiva transnacional en los estudios de las migraciones. Las vivencias de las mujeres inmigrantes no operan en un único espacio (la sociedad de destino), desvinculado del contexto de origen, como si se tratara de dos realidades separadas y desconectadas, sino que están marcadas por la proliferación de interacciones entre el lugar de origen y el nuevo emplazamiento, a través del papel que juegan las redes migratorias y los grupos domésticos.


Carlota Solé y Sonia Parella: “Mujeres inmigrantes no comunitarias en el mercado laboral de España” en Tomás Calvo Buezas (ed) “ Hispanos en Estados Unidos, Inmigrantes en España. ¿Amenaza o Nueva civilización?” La Catarata. Madrid 2006

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